Category Archives: Reflexions

Bajo el oxidado

El inagotable Manuel Chaves Nogales deja vislumbrar en sus crónicas y reportajes la que sea seguramente una de las mentes más lúcidas en el contexto de la Guerra Civil española. Molestó a los republicanos e incordió a la par al bando nacional. Hay que tener una atinada mirada y un enorme talento para conseguir aquello en tales otoños. Cualquier lectura de Chaves Nogales vale la pena aunque sea sólo para disfrutar de un oasis crítico simultáneo al conflicto bélico. Los textos del sevillano, escritos con maestría, suponen no únicamente un testimonio de las miserias intelectuales y morales de la época, sino además una auténtica garantía de la altura de miras y un tesoro de incalculable valor a la profesión periodística.

Vengo a rescatar fragmentos que no pertenecen a sus mejores escritos; mas no es tarea sencilla ponerse a retratar Cataluña, ora desde dentro ora desde a fuera. Chaves Nogales ejerció de corresponsal del diario Ahora en la ciudad de Barcelona a inicios del 36. Sus publicaciones están recogidas en ¿Qué pasa en Cataluña?, volumen que la editorial Almuzara revisó el año pasado aprovechando la “situación política catalana” (tal y como la etiqueta el programa Els Matins de TV3).

“En Cataluña hay, por encima de todo, un hondo sentido conservador que se impondrá fatalmente. Yo no sé si los hombres de la Esquerra, profesionales casi de la revolución, se resignarán a aceptarlo. Si no lo hacen, peor para ellos. El nivel más alto del izquierdismo en Cataluña se consiguió el día de les elecciones, cuando hasta muchos hombres de la Lliga desertaron del Frente Catalán de Orden y votaron a la Esquerra. A partir de aquel día, el sentido izquierdista de Cataluña empezó a decaer.”

Barcelona, 26 de febrero. (Ahora. Madrid. 28-2-1936)

“La rebelión del 6 de octubre hubiera sido explicable si el señor Companys y los hombres de la Esquerra hubiesen querido realmente hacer una revolución. La política derechista que les sirvió de pretexto hubiese sido comprensible si la finalidad que perseguían era la extirpación del régimen autonómico. Resulta, en fin de cuentas, que derechas e izquierdas están de acuerdo en mantener el Estatuto. Ni la Esquerra quiere más ni la derecha menos. ¿Se puede saber entonces para qué se han comido el sapo de la reacción y la rebelión mitad por mitad?

Barcelona, 27 de febrero. (Ahora. Madrid. 29-2-1936)

Empero, la mayor sorpresa que esta lectora ha encontrado en el recientemente leído ejemplar corresponde a una entrevista que el periodista realiza a Amadeu Hurtado, un hombre al que Chaves Nogales cataloga como “un liberal”. Hurtado trabajó codo con codo con Francesc Macià (en Esquerra Republicana) y fue un activo defensor del Estado catalán, así como un claro contribuyente a la redacción del Estatuto catalán de 1932. A pesar de ello, el político, tal y como deja escrito en su dietario personal, Abans del sis d’octubre (un dietari) editado por Quaderns Crema, acabó asumiendo una postura muy crítica con la manera cómo el nacionalismo catalán y en concreto Lluís Companys condujeron a la Generalitat de Cataluña al incumplimiento de la ley. El libro es de gran valor. Chaves Nogales no debió escoger azarosamente a un hombre que ya en el 36 cogió distancias con las causas que siempre defendió.

“Es imposible personalizar a la masa; es eso: la masa, la gente que anda por la calle y llena las oficinas, los talleres, los cines y los campos de fútbol. Lo que desde luego puede asegurarse es que no se trata de la gente encuadrada en los partidos políticos y controlada por los líderes. Los hombres de los partidos podemos seguir creyendo que las masas nos siguen y que los votos que nos otorgan los hemos conquistado con nuestras ideas. Pero no pasa de ser una vana ilusión. Hoy, ningún político tiene votos; se han acabado los incondicionales, los partidarios. Y si los hay, subsisten las clientelas políticas, su insignificancia numérica es tal que ante la decisión de las masas no controladas nada valen. El voto que nos concede esa muchedumbre es cada día más restringido y condicional. Es nuestro en tanto que nuestras ideas políticas se ajustan al sentimiento actual de las multitudes. Y nada más”.

(Ahora. Madrid, 11-3-1936)

El otro día, el buen amigo Biel Figueras, me vino a traer una brillante cita célebre del escritor Mark Twain, que reza lo siguiente: “La historia no se repite, la historia rima”.

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De odios y masas

Julien Benda realiza en 1927 una denuncia del abandono por parte de los intelectuales de la búsqueda de los valores universales y eternos que la tradición objetivista situaba por encima de cualquier otra regla intelectual –es decir, moral-. Con la publicación de La Trahison des clercs el escritor acusa a los clérigos, a los trabajadores de las ideas, de organizarse políticamente y renunciar a la racionalidad en (des)virtud de las pasiones que toda ideología despierta y de que posteriormente se sirve para así construir su particular discurso argumental, que le haga justicia emocional.

Dada la no tan anómala circunstancia en que el intelectual emprende la búsqueda de argumentos para implantar la superioridad de una determinada ideología, señala Benda en qué consiste la traición que da nombre a su obra. Resulta inequívoco afirmar que son inseparables las ideologías de las pasiones en tanto que las primeras son altamente dispares y a la vez se creen conocedoras y poseedoras de la verdad absoluta: esto implicaría conceder a los ideólogos que existe más de una certera manera de llegar a lo universal. Cuando esto sucede, poco importan la supremacía de la razón o la voluntad del conocimiento sobre el bien y el mal.

El escritor francés pone ejemplos de dichas ideologías que habían infectado o  empezaban a acechar con fuerza en Europa, como lo son el imperialismo, el socialismo y el nacionalismo. Son conocidas las emociones de que dependen estas tres corrientes para resultar ser fructíferas y penetrar en la sociedad. Los mitos pretenciosos de explicar la realidad aunque sea pagando el peaje de la falsificación y la ocultación de la verdad les son comunes a todas las tendencias totalitarias. Benda se detiene a detallar bastamente lo que el observa y decide catalogar como “pasiones nacionales”, entendidas como los argumentos -creados por los intelectuales- que pretenden sustituir a la razón con el fin de justificar la patria, la grandeza, y la defensa de la nación.

Así pues, bautiza el autor el siglo XX como el siglo de La organización intelectual de los odios políticos. No es casual el salto de “pasiones” a “odios”. Como se iba diciendo, entre las páginas que Benda dedica a las pasiones nacionales se ahonda especialmente en la naturaleza de estas. Del mismo modo que el socialismo tiene en su núcleo el sintagma motivador de “lucha de clases” en que la burguesía se erige como el enemigo de la clase obrera, el nacionalismo busca también un enemigo opresor, que acostumbra a ser la un país mayor, una nación más grande cuya existencia supone la negación de la nación que reivindican las pasiones. De ahí el odio: creado el enemigo, no se le debe ceder a esta el mínimo atisbo de comprensión o simpatía, simplemente hay que plantear la existencia del rival como un impedimento al desarrollo de la propia identidad colectiva.

Sin embargo, es la inmensa capacidad de penetración en la ciudadanía que poseen las ideologías lo que más preocupa a Benda. Y en este sentido cabe subrayar la importancia que da el escritor francés a la existencia del periódico como elemento determinante de la opinión pública de las multitudes. En 1927, año de publicación de la obra, ya debía observar Ortega y Gasset el fenómeno que tan bien relató en La rebelión de las masas y cuyo discurso acompaña tan bien la radicalidad de las ideologías que se apoderó del pensamiento de la mayoría de ciudadanos y que aquí se pretende describir. Así pues, resulta evidente que la irresponsabilidad de los intelectuales lo es en tanto su inconciencia a la hora de politizar a las masas sin miramientos. Qué duda cabe que los hechos posteriores hubiesen acontecido de una manera mucho menos estruendosa si los posicionamientos adoptados los hubiesen compartido los intelectuales entre ellos a modo de relación epistolar y con voluntad conciliadora.

Puede que llegados a este punto, el lector, a sabiendas que estas líneas se escriben a 22 de septiembre de 2013 desde Cataluña, entienda por donde van los tiros. La exposición anterior se debe principalmente a dos motivos, que son los que a mi modo de ver se han apoderado de la sociedad catalana.

El primero es la masificación del sentimiento nacional: se han convertido en reivindicaciones multitudinarias la identidad catalana y la exigencia de –cuando menos- un marco jurídico distinto al del resto de españoles (dret a decidir). Estamos delante del despertar de una pasión nacional que acaricia ahora a un gran nombre de ciudadanos hasta la fecha indiferentes ante la cuestión. Con ayuda del tan característico atributo humano de la mímesis, los medios de comunicación leales a la élite política (cuyos ideólogos son los intelectuales que Benda retrata) han contribuido a la multiplicación del fenómeno.

El segundo asunto del que también se alertó en La Trahison des clercs tal y como se ha explicado, es la creación de todo nacionalismo de un supuesto enemigo con el que es imposible convivir. En este caso, la existencia –con base a la pertinencia de Cataluña- de España supone para los catalanes la negación de su identidad, de sus derechos democráticos y de su desarrollo cultural. Es así en tanto que se reivindica la identidad catalana frente al rechazo a ser españoles, nada más allá ni más acá. Este discurso goza de mucho fuelle entre la opinión pública catalana y será difícil cambiar la percepción –a la que han contribuido muchos intelectuales- de España como una caverna etnocida. Y es falso.

 “Los mitos pretenciosos de explicar la realidad aunque sea pagando el peaje de la falsificación y la ocultación de la verdad les son comunes a todas las tendencias totalitarias.”

No es cierto que la cultura española –o castellana, para precisar como no hacen los nacionalistas- haya perseguido a la lengua o a la cultura catalanas desde siempre. Muestra de ello fue el Maifiesto de los escritores castellanos en defensa de la lengua catalana (1924), o la Exposición del Libro Catalán en Madrid en Diciembre de 1927, o la visita a Cataluña de los intelectuales castellanos en marzo de 1930. Estos hechos, que el escritor Xavier Pericay detalla minuciosamente en su último libro Compañeros de Viaje. Madrid-Barcelona 1930, tuvieron lugar en plena dictadura de Primo de Rivera (1923-1930). Esa España es el enemigo.

Cierto es que la etapa más oscura de nuestra historia contemporánea vino de la mano del más casposo nacionalismo español con la dictadura del general Francisco Franco: se persiguieron la lengua y la cultura catalanas de una manera absolutamente injustificable.

Durante la dictadura se prohibió la difusión del manifiesto de 1924 y de los discursos recogidos de los encuentros de 1927 y 1930 anteriormente mencionados. No fue hasta 1976 cuando Joaquim Ventalló, miembro de ERC decidió publicar la literalidad de lo que el consideraba “importantes intentos de comprensión” entre la intelectualidad catalana y la castellana. Fruto de su voluntad conciliadora, el periodista y candidato de ERC en las municipales de 1931 –otros tiempos alejados de la democracia constitucional actual- intentó recuperar el espíritu de superación nacionalista que a su entender evitaría que se cometieran viejos errores.

La condena al régimen autoritario va por delante de lo que más allá de mis líneas pueda interpretar el lector, pero mis lamentos acaban aquí porque son bien conocidos, igual –quiero esperar- que las enormes muestras de comprensión que hubo entre Cataluña y el resto de España durante la Transición hacia la democracia y que recuerdan a las fechas mencionadas anteriormente (1924-1927-1930).

Así pues, situémonos en la tesitura actual y evaluemos quién actúa ahora como la caverna, quien esconde esta voluntad de entendimiento entre Cataluña y el resto de España. En nombre de la nación catalana se está falseando la historia, acogiéndose a mitos desmentidos hasta la saciedad como los hechos de 1714, se están promulgando sandeces que sugieren una rivalidad de 300 años entre Cataluña y España –cómo si una pudiese existir sin la otra-.

Lo más grave de todo, es que las premisas que tanto emocionan a la masa son asumidas como verdades incuestionables, o cuestionadas únicamente por revisionistas –es lo más bonito que a uno le pueden llamar hoy los nacionalistas-. Es por ello que, el análisis que se ha intentado hacer aquí concluye con la necesidad vital de desmontar la idea de España como un Estado poco democrático y desmitificar todo lo que envuelve la voluntad de separar a Cataluña de éste. Como ciudadanos españoles, los catalanes debemos dejar de tolerar las descalificaciones a la democracia haciendo uso del sentido común y de los hechos históricos que, los de verdad, están de parte de los que abogan por calmar las reivindicaciones nacionales de la nueva –treintañera- caverna, no sea que, de tanto vilipendio se acabe alimentando al único enemigo real de todos los ciudadanos, inexistente prácticamente hoy en día, que es el más que condenado nacionalismo español.

A. Marmol

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Anatomía de la amistad

            Merecen una disculpa ciertos interlocutores de una servidora que el pasado viernes quedaron disgustados con el manifiesto de mi opinión acerca de una de las cosas que están al alcance de todo ser humano: la amistad. Me encontraba yo en una reunión de compañeros de trabajo cuando argumenté en contra de la existencia de las amistades verdaderas, esas que todo lo pueden. Más que una disculpa quizás lo que les debo es una aclaración.

A mi modo de ver, no es la amistad más que una relación entre dos personas que hallan en sus citas diversión, confianza, entretenimiento, curiosidad, interés y hasta felicidad. Este vínculo afectivo puede verse acentuado por factores como la cantidad de intereses comunes que ambos muestren. De esta sentencia de muerte se desgrana una idea que me decido a remarcar sin ánimo de sepultar ninguna amistad que algún lector sienta que estoy atacando: que no es la amistad algo casual que se pueda atribuir a una arbitrariedad, sino que, en tanto que el “amigo” es esa persona a la que se escoge para compartir charlas, citas, comidas y copas, debe ser alguien cercano al estilo de vida propio o en su defecto con ciertas ambiciones o rutinas comunes.

A medida que la amistad se prolonga en el tiempo lo que sucede es que se atraviesan momentos complicados –desacuerdos, malentendidos o conflictos en general por lo que a la relación concierne…- que en menor o mayor grado acaban siendo olvidados y sustituidos por lo que de positivo se substrae de cada nueva cita. Así pues, no cabe duda que los cimientos de la amistad se secan y se consolidan únicamente a raíz de la comodidad, el bienestar y el placer de que gozan los miembros de esta.

 Basta con que el “amigo” haga alguna cosa que no sea de nuestro agrado para desear poner punto y final a la amistad.

Se desprende de aquí algo que cuesta bastante de asimilar, y es el hecho de que una vez perdidos los beneficios que te reporta el “amigo” se desvanece la relación. Y la facilidad a la que se llega a esa situación –no de enfrentamiento, más bien de desgaste, indiferencia o aborrecimiento- es sorprendente para muchos: basta con que el “amigo” haga alguna cosa que no sea de nuestro agrado para desear poner punto y final a la amistad. En el momento en el que se despierta en nuestro interior una decepción provocada por un amigo sentimos la necesidad de deshacernos del vínculo, pues ya no existe más vínculo que quizás el recuerdo de algún que otro buen momento, siendo este vestigio totalmente insuficiente para la proposición de perpetuar la amistad.

            Entiendo que haya quien tenga el pleno convencimiento que conoce a su alma gemela y esta tiene forma de amigo, pues en muchos casos las personas no se decepcionan y contribuyen al desarrollo de la amistad, a la mejora, a la supervivencia del vínculo y a su eternidad. Pero no se engañen: un “amigo” debe ser alguien que nos guste, que nos complazca, que nos llene de alguna manera y con quien compartamos gustos, opiniones y formas de actuar, pues en el momento en que entramos en desacuerdos constantes y modos de vida dimensionalmente distintos quedan anuladas la comodidad y el placer que nos despierta la compañía del susodicho.

            Acabaré como si fuese yo un alpinista que se forja con fuerzas su arnés para asegurarse la estabilidad remarcando que no niego la existencia de la amistad ni de la multitud de virtudes que de ella se substraen. Simplemente pretendo reflejar la fragilidad que caracteriza a uno de los valores que tanta consideración ostenta en nuestra sociedad. Muy lejos del amor, la amistad es algo mucho más burocrático, racional, y –aunque no premeditado- sí moldeado a gusto.

A. Màrmol

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