Seguiré quemando tus cartas

Basta con portar un puñado más o menos importante de años a la espalda para desarrollar una sincera empatía con quien decide carbonizar -para después construir de nuevo- la que ha sido su vivienda. Al cabo, el hogar es algo parecido a una patria en su forma más íntima y cambiarlo por uno nuevo requiere para el morador una suerte de épica que acompañe el trascendente momento de echarlo abajo. Y es que el rito del fuego como elemento purgatorio de todo cuanto nos aflige y acongoja tiene mucho calado en las costumbres humanas. Los jóvenes estudiantes aguardan hasta la estival verbena de San Juan para prender fuego a sus libros de texto, propiciando así un acto ceremonioso para dar portazo a la pesadumbre del curso escolar. ¿Quién, sosteniendo en soledad una carta de un amor malogrado, no ha tenido la tentación de hacerla arder en llamas para dotar al adiós definitivo de mayor contundencia? Así, no se habla de historias pasadas sino de historias reducidas a cenizas para referirse a los más tristes episodios que salpican a uno en su vida personal.

Tampoco se tarda demasiado en topar con la ineficacia de este tipo de rituales que pretendemos sanatorios, sirva el del fuego sólo a modo de ejemplo. Como todos los mitos, desprenderse de aquello…

Lea el artículo completo en El Subjetivo.

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